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Medio Ambiente

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Doñana es un espacio de relevancia incuestionable para la conservación y protección de la naturaleza. Ese valor lo atesora su elevada biodiversidad, su riqueza de hábitats y los complejos y variados procesos naturales de alto valor ecológico que acontecen en su seno, la cual le hacen merecedora de todo el cuidado que nuestra sociedad pueda otorgarle.

Pero Doñana no se podría explicar sin la huella que ha dejado la continuada presencia de las gentes de su entorno y los usos que tradicionalmente se ha realizado en sus tierras. En estos lares se ha cazado, se ha pescado, se ha recolectado y extraído los productos y excedentes de sus bosques, marismas y playas, y por supuesto se ha disfrutado.

Todo este uso protagonizado por parte de la población autóctona sigue aconteciendo hoy día, pero cada vez con menor intensidad, pues las fuentes de riqueza de las economías locales se han diversificado. Debido a la falta de rentabilidad y dureza de algunas de las labores tradicionales estamos asistiendo a la desaparición de algunos usos de los cuales, en breve, solo quedará referencia en los museos y los libros.

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Doñana ha dado acogida, cobijo y sustento a lo largo de la historia a mucha gente y este aprovechamiento no ha sido más intenso por el celo e interés de sus propietarios, que han limitado la entrada, el deambular y la utilización de sus recursos naturales.

Este territorio por sus características edáficas no ha sido apto para la agricultura tradicional, pero su elevada productividad ecológica ha propiciado otras fuentes de riqueza como son la explotación cinegética, forestal, ganadera, pesquera y recolectora, entre otras. La extracción de estos recursos naturales ha generado toda una rica, variada y sorprendente cultura en las gentes de la zona que ha condicionado el paisaje, la flora y la fauna.

De todas estas relaciones, es del aprovechamiento que tradicionalmente se ha hecho de los recursos que aporta el mundo vegetal, es decir, de la etnobotánica, el objeto que se va a tratar en estas páginas.

La supervivencia de nuestra especie desde el principio de los tiempos ha dependido del conocimiento y posterior utilización de las plantas. Las hemos y la seguimos utilizando para alimentarnos, refugiarnos, calentarnos, curarnos, vestirnos e incluso para adornarnos, disfrutar al contemplarlas o evadirnos cuando las bebemos fermentadas.

Sin embargo, la desvinculación del hombre actual con el medio natural ha aumentado considerablemente, entre otros motivos, por el avance del abandono, deterioro y destrucción de la naturaleza que han ido alejando a esta cada vez más de su entorno más inmediato, así como por los cambios en los hábitos de vida, la mecanización de las labores del campo o por la necesidad de una legislación ambiental más restrictiva que dificulta la extracción de recursos. Es por todo ello que toma importancia la labor de recopilar el conocimiento sobre el mundo vegetal para que no se pierda.

La búsqueda, inventariado e identificación de la flora empleada por los hombres y mujeres de Doñana es un valiosísimo registro de la cultura tradicional, de su exquisito y olvidado lenguaje y de su lazo ecológico con el medio natural. Mediante el estudio etnobotánico de la manutención, la manera de vida, las faenas, aprovechamientos y gestión podemos comprender el funcionamiento de los sistemas naturales.

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La explosión de vida presente en Doñana atrajo la atención de reyes, nobles, artistas y viajeros durante siglos. Cazadores y naturalistas registraron la variada, exuberante e impresionante fauna que merodeaba por estas tierras, siendo el germen que llevó a que biólogos, científicos y conservacionistas, junto a los propietarios de los terrenos, conscientes de su gran valor ecológico, presionaran a la administración de entonces para la protección de este espacio. Primero sería la Reserva Biológica, para lo cual se recaudó dinero para comprar la finca, y posteriormente, ampliando los límites, se constituiría el Parque Nacional. Como cinturón amortiguador, de manera discontinua, se declaró el Preparque que luego, con la llegada de la Autonomía Andaluza pasaría a ser, con algunos añadidos, el Parque Natural, aglutinándose todo posteriormente en el Espacio Natural Doñana.

Evidentemente, al igual que estos personajes históricos, mil veces nombrados en la literatura sobre Doñana, las gentes que habitaban, transitaban o trabajaban en el parque y alrededores también fueron conscientes de la rica fauna que albergaba Doñana e hicieron uso de la misma, para obtener alimentos, vestimentas, remedios curativos o hacer uso de su fuerza. Desde la pesca y la caza a la ganadería condicionaron los ecosistemas. La combinación del interés humano con las características ambientales (clima, fenómenos meteorológicos, cataclismos) fue modelando, a lo largo de la historia, el medio natural de Doñana, con especies desaparecidas frente a otras que se vieron favorecidas.

Estos vínculos impulsaron, además, que la fauna forme parte de la realidad cotidiana del hombre, constituyéndose lazos afectivos, religiosos y culturales con ella. Los animales aparecen en los mitos y cuentos, se les atribuyen cualidades, se les teme o le dan nombre a lugares. A través de la Etnozoología, ciencia que estudia la relación del ser humano con la fauna, es la forma en la que vamos a recopilar los aprovechamientos tradicionales, su percepción y el saber local.

Aunque en la actualidad muchos de estos usos se han visto reducidos y algunos prohibidos, han aparecido otras nuevas facetas de interés sobre los animales como son la investigadora, la turística o como indicadores de calidad ambiental. Consideramos fundamental conocer esta interacción del ser humano con la fauna para comprender el patrimonio biocultural de Doñana, para muchos el santuario de vida salvaje más importante de Europa, donde gran número de especies encuentran uno de sus últimos refugios.

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